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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Un trago a la roca


Por Jochi Muñoz 

El presente texto fue preparado a petición del artista dominicano residente en Chicago, Rey Andújar, para ser incluído en el No. 107 de la Revista Contratiempo, de septiembre de 2013. Por razones editoriales el mismo fue editado en algunas de sus partes; aquí lo cuelgo en su estado original. Para consultarlo en la versión publicada por Andújar, aquí tenemos el link: http://contratiempo.net/2013/09/un-trago-a-la-roca/



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En un lugar y tiempo remotos, un hombre se daba a la tarea de subir cuesta arriba una misma roca una y otra y otra vez, y al llegar a la cima de la montaña, indefectiblemente, la roca se precipitaba hacia la sima. 

La causa de su aparente testarudez de repetir la señalada acción, varía de autor en autor. Todos coinciden, sí, en señalar que era un castigo de los dioses (los del Olimpo, no los afroantillanos), pero el por qué de este eterno e inmisericorde castigo, ahí es dónde no se han puesto de acuerdo los estudiosos. Lo penoso de ese asunto de mover la roca, es que el infortunado hombre no logró conseguir el perdón de su pecado ni recibir otro tipo de remuneración alguna. Fue el trabajo por el trabajo. 

Pero qué más da, si como imagen nos viene al dedillo para representar al individuo tenaz, perseverante, aplicado… en llevar a cabo su labor. Cualquier labor de cualquier campo, pero que me apetece dirigirla a la representación del artista comprometido, y, más específicamente, al performero. Y, estrechando aún más el embudo, al performero de esta media Isla que me vio nacer: República Dominicana. 

No fue sino hasta fecha reciente que, en nuestro país, ese “trabajo” que hicieron algunos artistas desde la década de los ´60, que no era ni danza ni teatro ni, por supuesto, nada asimilable a las artes plásticas, fue tomado en cuenta y colocado en una posición en que podía codearse con la pintura, el dibujo, la escultura, el grabado, la fotografía. Estos y el Performance, empezaron a hablar de tú a tú.  

Vemos cómo la Bienal Nacional de Artes Visuales y el Concurso de Arte Eduardo León Jimenes, nuestros dos principales certámenes de arte, desde 2009 y 2010, respectivamente, así lo han hecho, con el beneplácito de artistas y gran parte del público, y hasta premios se ha llevado. El centro que degusta de la periferia. 

Pero, ¿qué caráchiba es eso de performance, tanto para gente ligada al arte como para la gran mayoría de la población? Sin dudas, algo que aún sigue siendo, al igual que en los ´60, un asunto extraño, incomprensible, difícil de asimilar, y, ¿por qué no?, facilista, para muchos de sus detractores.  

Como artistas, debemos tratar de clarificarnos qué es eso; “con qué se come”, como lo expresara una vez el mexicano Pancho López. O, yendo un poco más lejos, como se preguntó, la también mexicana, Rocío Boliver (La congelada de uva) al iniciar una charla ante un grupo de estudiantes, “¿Para qué sirve la Performance?”, contestándose, a seguidas, “No tengo la más puta idea”. Esto, buscando provocar en el auditorio esa desazón tan indispensable para llegar a acercarnos a las cosas. Si en nuestras cabezas no tenemos arreglado el mobiliario, será muy difícil deambular por sus habitaciones. 

Las definiciones de performances son incontables. Pero, tranquilos, no nos asustemos, que no vamos a agobiarnos con la lectura de las mismas, aunque sí voy a destacar una frase en particular, que dice: “Definir el performance es redactar su epitafio”. Pero, cuidado, que pudiéremos perdernos, si nos “movemos a la ligera”. 

Los performeros venimos de campos diversos. En mi caso, de la danza, cuyos códigos de movimientos fui asimilando y archivando en mi cuerpo durante mi fase de preparación como intérprete. Cuando se me despierta el deseo de la creación, empleo ese bagaje a discreción, a la vez que me aventuro por otros senderos en busca de nuevos materiales. En ese transitar, en 2006, llego a los predios del Performance Art, y en él encuentro el medio idóneo para canalizar mis pulsiones de modo apropiado.  

Al crear, parto de que el arte existe para comunicar una verdad, en un proceso reflexivo que no sigue los parámetros objetivos del reportaje periodístico, sino que los elementos involucrados han de pasar por el tamiz, eminentemente subjetivo, del hacedor de arte. 

No basta con ponernos dos matas de lechugas en la cabeza y hacer tres maromas, y ya eso es un performance, si ese “hacer tres maromas” no está sustentado en un proceso de conceptualización sólido que haga que lo que emprendamos se sostenga en pie. Para los que en realidad tenemos interés en esta disciplina, nunca será suficiente lo que podamos leer, estudiar, ver…reflexionar. Hay que volver a esto una y otra y otra y otra vez (como el señor aquel que movía la roca). Y siempre, reflexionar.  

Puede que el espectador no comprenda de inmediato el por qué de esa cosa realizada por el performero. Lo que se espera, es que se marche a su casa con el gusanillo de la interrogante, y que, eventualmente, tras pensar en la obra, ésta pueda cobrar sentido cuando el espectador extrapole lo planteado en ella, a planos alejados de lo meramente personal del artista. 

A veces me sonrío al acordarme de las muchas observaciones que me han hecho (y de casos en que no me lo externan, pero sé que lo piensan) de que lo que hago… mejor expresado, de que lo que hacemos los performeros, es fácil y no conlleva mayores esfuerzos.  

Eso último es una trampita en la que caen muchos espectadores, y peor, algunos artistas que desean incursionar en la disciplina “porque es cool”, aventurándose por estas sendas sin parar mientes en lo que hacen; sin entrar en diálogo consigo mismo, esto es, sin adentrarse en los tan necesarios momentos de reflexión. El resultado obtenido por ellos, no tenemos ni que comentarlo.  

Estamos conscientes que, al igual que en todas las esferas de la actividad humana en que hay buenos y malos “trabajadores” (sean estos médicos, abogados, albañiles, cantantes, contables, sobrecargos, pintores, biólogos…), el campo del performance no escapa a esa situación. Como en las Sagradas Escrituras, hay que separar el trigo de la paja. 

Tengo la suerte de contactar con profesores, compañeros y amigos generosos, cuyas atinadas conversaciones me han llevado, casi siempre, a repensar, a modificar, a desestimar proyectos tras someterlos a horas de reflexión, para evitar así, “moverme a la ligera”. Entraba en arduas batallas en las que, muchas veces, creía que iba a desfallecer. 

Tal es el caso de la pieza Como si las mismas olas mojasen siempre los mismos pies, recién realizada el pasado 29 de junio, en el Miami Performance International Festival 2013, en Miami Beach. Habían transcurrieron 10 añitos desde el primer boceto de la misma hasta el definitivo que llevé a este evento. 

Esa palabra, reflexionar, es la clave para poder realizar un trabajo digno que conduzca a la indispensable profesionalización, y, en esa misma medida, entonces, poder demandar apoyo y, más aún, y más importante, concitar el respeto de los demás hacia este oficio. De no hacerlo, estaremos fritos. 

En el deambular por esos caminos, el performero gana mucho en madurez artística, sin dudas, y, a excepción de unos pocos, nada en lo monetario. Pero, no desmaya; es incansable y tenaz, como un guerrero, como un quijote, como Sísifo (que así se llamaba el señor de la roca), en su constante accionar para comunicar una verdad: su verdad.  

A parte de los dos certámenes de arte mencionados que le dan cabida al Performance Art, en nuestro país no existe ninguna institución que destine, permanentemente, fondos para proyectos de investigación y/o creación en el área. Muy al contrario, lo poco o mucho que se realiza depende, en su casi totalidad, de la buena voluntad (y de los ahorros) de los artistas mismos. De ahí, que casi todos los performeros que conozco son "artistas multidisciplinarios", o trabajan en alguna otra actividad ajena, que le permite subsistir, y agenciarse los fondos para llevar adelante sus proyectos. Pero esto sería tema para otro escrito, como el presente, de entre 800 a 1,200 palabras.  


                                                                                 

                                                                                                   Santo Domingo, Rep. Dominicana   
                                                                                                    Viernes 23 de agosto de 2013  



jueves, 5 de mayo de 2011

70% de Lina Aybar

70% de Lina Aybar
Por Jochi Muñoz

El 22 de marzo de cada año se celebra el Día Mundial del Agua, por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que data de 1992. En el año en curso, la artista dominicana Lina Aybar se unió a las celebraciones, al presentar, en el día señalado, el performance 70%, en el Parque Colón, de la ciudad de Santo Domingo.


El título de la pieza, 70%, hace alusión al porcentaje de agua que tiene el planeta, y, también, el cuerpo humano. Sin espíritu panfletario ni de arenga política, Aybar articuló una elegante pieza en la que el agua, por supuesto, era el punto focal, tal y como ocurrió también en otra pieza anterior, Se-quedad, con la que aquella forma un díptico.

Se-quedad, fue incluida en la exposición colectiva Agua, 17 artistas contemporáneos, curada por Fernando Varela y Clara Caminero, inaugurada el 15 de abril de 2009, en el Museo de Arte Moderno, de Santo Domingo, y que en la actualidad está siendo expuesta en varias ciudades de Ecuador, y con planes de hacerla girar por otros países latinoamericanos. Previo a la realización de esta pieza, la artista estuvo 48 horas sin ingerir líquido, y su performance, en la noche inaugural de la expo, consistió, justamente, en hidratarse. Aybar, de pie, con la cabeza hacia atrás y con la boca abierta, recibió en ésta, por espacio de hora y media, gotas de agua de un recipiente que pendía sobre su cabeza. La documentación en video de la pieza es la que está siendo expuesta en el periplo de la exposición.

En 70 %, por su parte, la artista se sentó ante una mesa, en la que estaban dispuestos ocho vasos de cristal y un jarrón contentivo de 64 onzas de agua, la que la artista fue sirviendo en cada vaso (8 onzas) y tomando, hasta completar la meta de ingerir los ocho vasos de agua que se recomiendan diariamente. Al cabo de esto, Aybar se puso de pie y se alejó de la mesa.

En Se-quedad Aybar habla de la escasez del líquido a que están sometidas grandes porciones del planeta, y que se irá incrementando de no acatarse las medidas pertinentes; y, en 70%, por su parte, de cómo un bien puede tornarse en contra, si no es adecuadamente dosificado al emplear el mismo.

En ambas piezas se parte, como hemos señalado, de la demanda vital del agua, y, en ambas, tuvo la artista que someterse a una situación de incomodidad, o más bien, displacer, para que las acciones en cuestión pudieran ser tales. En la primera, obró por carencia, y, en la segunda, en cambio, obró por exceso del (frase cliché) “preciado líquido”, en su propio cuerpo.

Tal y como señalara en otra ocasión, en los performances de Aybar la acción o resultado final recae directamente, no sobre los otros o sobre el medio ambiente, sino, sobre su cuerpo, el que se constituye en cáliz, en receptáculo donde se contiene el resultado de la acción planteada y realizada.

A propósito de esto, la propuesta formal de 70% entronca con otra pieza de la artista, DES-ACCIONADA, presentada el 5 de abril de 2008, en la clausura del taller El Arte de la Acción. Unión de Arte y Vida, impartido por el mexicano Pancho López, en el Museo de la Cerámica Contemporánea, en Santo Domingo, y coordinado por Arte-estudio. En esta pieza, Aybar ingería 44 ciruelas pasas.

En estos performances la artista procedió con similar ritualidad al beber, en uno, y al comer, en el otro. Vestida de blanco en las dos ocasiones, con total concentración y limpieza en la ejecución de los movimientos, su cuerpo era la caja de contención de lo tomado o comido, y en ambos casos, en cantidades que, sin dudas, iban a desatar reacciones fisiológicas ante las ingestas realizadas.

Lina Aybar es una artista que corre riesgos, tanto físicos como emocionales, al plantearse sus propuestas, cuyas realizaciones podríamos, salvando las diferencias, comparar a una pieza de ballet, en el sentido de la limpieza, de la pulcritud, del placer estético que deviene de su simple observación; de ese hacer cosas que parecen fáciles y sin mayores tropiezos.

Si bien es cierto que muchos artistas -Lina entre ellos- realizan piezas apoyándose en lo cotidia-


no, en lo inmediato, no es menos cierto que si hurgamos un poco nos daremos cuenta de que detrás de lo presentado –de esa obviedad-, hay todo un mar de implicaciones que, si tratamos de descifrar, nos harán, de una forma u otra, darnos cuenta que en nuestro interior anida, también, un mar similar.








(Fotos: Jochi Muñoz)

Santo Domingo, Rep. Dominicana
29 de marzo de 2011

viernes, 23 de octubre de 2009

44 ciruelas pasas, 6 platos blancos y una artista: Lina Aybar, De-accionada

Por Jochi Muñoz

Si hay algo que subyuga de los performances de la artista dominicana Lina Aybar es, precisamente, la pulcritud de los mismos. Podrían o no gustar, podrían o no estar del todo amarrados conceptualmente, podrían o no estar planteados de la manera más idónea para comunicar su verdad, podrían o no, podrían o no, podrían o no... lo que se quiera, pero la factura es siempre impecable, requiriendo de un gran nivel de concentración y manejo de la energía por parte de la artista.

Pero, gracias a la vida, la obra de Lina no se queda en lo meramente formal, sino, amén de esto, el fondo (el concepto de que ella parte) está planteado con la misma nitidez y precisión que tiene la forma, de suerte que el público tiene a su disposición un banquete del cual servirse (por expresarlo de este modo), y cuyo plato elegido, esto es, la lectura que haga de la pieza, vendrá sazonada por las experiencias personales de cada espectador.

Como sabemos, por lo general, Lina Aybar no realiza performances cuyo acción o resultado final recae directamente sobre los otros o sobre el medio ambiente, sino, que su cuerpo es el receptáculo de la acción planteada y realizada. El público es el testigo que, posteriormente, entrará en ese jugo reflexivo del por qué de esa acción.

Acción esa que es la vía por donde corre el discurso habitual de Lina: el cuestionamiento de su condición y situación como mujer. Pero una mirada más atenta revelaría que ese discurso es susceptible de ser extendido al ser humano en general, ya que la sociedad en la que estamos inmersos nos hace sentir, a todos por igual, su peso, y va modelando a un individuo a la imagen y semejanza del montón. Pero la artista, dotada de una sensibilidad particular, da su voz de alarma, y disiente de todo aquello que represente un escollo para el desarrollo del ser humano

Recordemos, a propósito, algunas de sus piezas: El color de la vida (2006), estuvo por dos días dentro de una habitación, pintando de negro techo, paredes y suelo; en Hecha tiras (2006), la artista, vendada y descalza, deambulaba por calles de la ciudad colonial, mientras circulaban unas tijera con las que todo aquel que lo deseaba, le fue cortando la ropa; en +cara (2007), sentada en una concurrida calle, ella se maquillaba y desmaquillaba constantemente. Lo que es un acto “natural” que se lleva a cabo diariamente por imperativo social, es transgredido por la artista en esta pieza; en ¿Quién decide? (2007), sólo llevaba como indumentaria etiquetas adheridas a su cuerpo, en las que estaban escritos calificativos (positivos y negativos) que se les asignan a la mujer, y que la artista, parada inmóvil, estaba a la espera de que alguien se atreviera a desprenderle alguna.

Una pieza que cuando la vi se me antojó algo alejada de las antes citadas, sobre todo en lo conceptual, es Corazón de libélula (2007). Fue presentada en un centro de entretención social, el 14 de febrero, fecha en que se celebra el Día del amor y la amistad. La artista estaba parada en frente a una mesa preparada para un bufet, de la cual tomaba un plato en el que, valiéndose de un dispensador de sirope de chocolate, dibujaba una libélula. Acto seguido, extendía sus brazos ofreciendo el plato a quien deseara tomarlo. Así lo hizo con docenas de platos dispuestos para esto.

En esta pieza el cuerpo de la artista no se constituye en cáliz donde se contiene el resultado de la acción, sino que él es el ejecutor de algo que se comparte con el público, ya que la presencia y participación de éste es imprescindible para que la obra pueda ser. Además, la artista no trataba su acostumbrado tema sobre su condición de mujer. En su momento, me llegué a platear la disyuntiva: o esta pieza es un alto en el discurso habitual de la obra de la artista (haciendo algo diferente a lo que normalmente realiza), para retomarlo luego; o constituye un cambio de dirección radical en el modo de abordarlo. Me dije que el tiempo nos diría qué derrotero seguirían los trabajos futuros de esta artista.

Una última pieza a la que deseo referirme es De-accionada (2008), en la que Lina vuelve a trabajar sobre su cuerpo, y de la que tomo el nombre de ciertos elementos empleados en la misma para conformar el título del presente escrito. Así, Lina volvió a sorprendernos la tarde del 5 de abril del año en curso, con la propuesta mencionada, que realizara durante el cierre del taller El Arte de la Acción. Unión de Arte y Vida, impartido por el mexicano Pancho López, en el Museo de la Cerámica Contemporánea, y coordinado por Arte-estudio.

En esta pieza, la artista, llevando seis platos blancos, caminó hacia un extremo del salón, se sentó en el suelo y dispuso esos objetos en una línea. Procedió a escribir en los mismos la palabra ACCIÓN; una letra por plato, empleando para ello ciruelas pasas. En total, usó 44 de estas frutas secas. Realizó esta acción con la economía de movimientos que le es habitual.

A seguidas procedió a ir llevando a su boca, una a una las ciruelas, sin alterar el ritmo lento que empleara al escribir cada letra, e ingirió la totalidad de las mismas. Luego, recogió los platos y se retiró de la sala.

Lo primero que llamaba la atención de esta pieza, era, precisamente, ese modo parsimonioso y limpio con que ejecutaba la acción. Y desde la acción misma de llevarse la primera ciruela a la boca, se detonó un mar de posibilidades de “interpretar” lo que la artista estaba haciendo.

Toda la ritualidad del acto de escribir la palabra ACCIÓN y luego de borrarla al ingerir las frutas por parte de la artista (¿estábamos ante un acto de expurgación?), contrastaría radicalmente con las acciones fisiológicas posteriores desencadenadas en el interior de su cuerpo (¿otro modo de expurgación?), debido a las propiedades laxantes de esa fruta.

Sin dudas, los performances de Lina golpean, sacuden, desconciertan..., en definitiva, producen ese estado de desazón (que conduce a la inevitable reflexión) que todo artista anhela provocar, ya que esa desazón es un aval para la trascendencia de su obra.

La desazón que me produce la obra de esta artista me lleva a preguntar sobre cuál es su procedimiento de conceptuar y realizar una acción; qué peso tiene su formación en artes plásticas dentro de este proceso; qué influencias ha tenido de parte de otros artistas nacionales e internacionales; cómo resolvió los puntos de convergencia con quienes trataron temas similares; qué divergencias se encuentran; qué referentes posee en los varios campos del arte... En fin, que las dilucidaciones de estas reflexiones (usaré una frase cliché) quedan en el tintero, y podrían perfectamente conducir a la realización de un trabajo monográfico sobre el trabajo de esta artista, el que se iría engrosando con cada nueva pieza presentada, ya que, como hemos visto, en Lina Aybar encontramos a una paridora de desazones.


Santo Domingo, República Dominicana
Sábado 4 de octubre de 2008

Texto publicado en la Revista Lengua, no. 2, Oct.-Nov. 2008; pp. 61-67