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viernes, 11 de octubre de 2019

Dos oasis


Dos oasis.

Este 2019, tan empecinado en que nos despidiéramos de personas queridas y admiradas del mundo del arte, nos ofrece un respiro, una tregua, un bálsamo para mitigar tristezas y añoranzas, lo que nos viene con formas de una pieza coreográfica y una teatral. Dos oasis.

Primer oasis.
"¿Quién es Joel?, ¡Preséntenme a Joel!", fue lo que dije al finalizar la pieza "Dios te salve", firmada por el joven coreógrafo Joel Genaro Amador. Bocanada de aire fresco trajo esta pieza, presentada en el pasado EDANCO 2019, en la que me maravillaba cada vez más a medida que la misma transcurría. Estupenda selección musical, lograda atmósfera, preciso manejo de las diseños de movimientos, buen manejo de los elementos, apropiado diseño de luces. Y las cuatro intérpretes, ¡de lujo! Y para mayor sorpresa, tanto el coreógrafo como las intérpretes: Egresados de la Escuela Nacional de Danza (ENDANZA). ¡Chapeau, chapaeu para ellos y para la Escuela!




Segundo oasis.
Recién anoche, 9 de octubre, volví a encontrarme con el Manuel Chapuseaux admirado, responsable de la vital y fina dirección de la obra "El árbol de mi vida", de la autoría de Macarena Pérez Bravo y Josemi Rodríguez, en la que dos estupendos artistas de la escena, Carolina Rivas y José Guillermo Cortines, dieron vida a los varios personajes de la pieza. Sin excesos, sin truculencias, sin demostraciones gratuitas, ambos bordaron sus personajes con tal precisión que en todo momento nos hacían comprobar la real existencia de ese "sentido de la verdad", tan recalcado por Chapuseaux. ¡Gracias mil por hacernos ver tan buen teatro! 




Jochi Muñoz 
Santo Domingo, República Dominicana 
Jueves 10 de octubre de 2019

lunes, 9 de abril de 2012

«…aún la nave del olvido…» o la poética de la contundencia (o la contundencia de la belleza o la belleza de la contundencia)

La noche del viernes 2 de marzo del año de Nuestro Señor de 2012, quien subscribe visionó una epifanía. Una imagen bella por sí misma, bella por la acción que envolvía, bella por lo simple de ésta, bella por lo que aquella sugería, bella por lo que la acción misma callaba. En fin, una imagen y una acción bellas por su misma humanidad: Un hombre sentado en una silla deshojaba una flor, con lentos movimientos; luego, trataba de recomponerla pegando sus pétalos con coquí. ¡Es cuánto!

Tal sucedía en la azotea del Teatro Guloya,  durante la quinta  edición de Teatro por un tubo. La pieza, «…aún la nave del olvido…». La música, que enriquecía los sonidos de la noche, «La nave del olvido», en voz de Chavela Vargas. El accionante, el artista dominicano Francis Taylor.

Es Taylor un artista de una fina sensibilidad y de una capacidad envidiable para reflexionar sobre su entorno, y abrevar en él para conceptualizar sus piezas. De formación teatral, mostró siempre una capacidad crítica sobre el quehacer de la disciplina en nuestro medio. Dos hitos le marcaron de modo permanente. El primero, haber sido alumno de Manuel Chapuseaux, quien le formó bajo los lineamientos de Bertolt Brecht, llegando a ser miembro de la agrupación de teatro popular «Califé», ventana desde la cual pudo otear el horizonte de la realidad social dominicana, e insertarse en un modo de hacer teatro teniendo como materia prima el cuestionamiento de la misma. Corría el final de los años ´80 e inicio de los ´90. No ha de soslayarse que Francis proviene de una familia muy crítica de la situación política represiva de los años anteriores.

El segundo de los hitos, lo constituyó el haber participado en el primer Taller de Integración de las Artes Escénicas, en 1996, impartido por el director y gestor español Guillermo Heras, traído por el Centro Cultural de España. Amén de justipreciar toda su formación anterior, esta experiencia le amplió la visión de cómo considerar las cosas; de cómo hacer arte experimentando y asimilando sensaciones inéditas para llevar adelante su trabajo actoral, y, más todavía, de cómo conceptualizar con más rigor las cosas. Y esto último lo extrapoló, posteriormente, a su quehacer performático. Recordemos que Francis venía haciendo performances desde un par de años antes, pero tras el mencionado taller y tras lecturas y círculos de discusiones, él ha ido encausando su manera de hacerlo, hasta arribar al modo de proceder que hoy manifiesta.

Su sensibilidad social, aunque es tocada en sus piezas, de pleno la manifiesta en su trabajo de activismo en pro de la comunidad LGBT, y en su labor en una ONG, donde desarrolla proyectos de prevención de VIH en poblaciones vulnerables, coordinando, específicamente, el de usuarios de drogas. Algo a resaltar, es que Taylor al hacer activismo desarrolla una serie de actividades variopintas, que incluyen la animación teatral, pero deslindando esto de su trabajo artístico per se. Nunca se ha propuesto realizar artivismo.

En lo que respecta a su faceta artística, Taylor se ha planteado ser, a la vez, teatrista y artista del Performance Art, apreciándose en ambos medios, la misma sensibilidad artística, la misma estética, y, sobre todo, el mismo nivel de compromiso para con el arte y para consigo mismo. Posee una claridad meridiana de lo que son ambos medios, lo que le permite, a discreción, moverse libremente entre uno y otro, con la seguridad y la no ostentación que da el conocimiento (o que debería dar).

En su obra, teatral o de Performance Art, Francis plantea situaciones de su entorno personal, mirando cara a cara las cosas, desarmándolas, despojándolas de todo infundio de temor, y exorcizando de sí todo rastro de culpabilidad, purgando todo aquello que le impide realizarse plenamente como individuo, a la vez que asume la cuota de responsabilidad por lo que en un momento debió enfrentar. Él hace suyo lo expresado, en una oportunidad, por la performera guatemalteca Regina José Galindo: «Si el arte no sirve para curar, no me interesa».

Digna de mencionar son tres piezas, disímiles entre sí, pero en las que subyace la misma materia prima: su relación con su abuela materna y su empresa de expurgación. Cronológicamente, son: Deglución (2007), en la que tras leer un texto alusivo a lo tormentoso-amoroso de esa relación, procedía a ingerir, cortado en trocitos, el bolsillo de la última bata vestida por su difunta abuela.

La segunda de esa trilogía es Sashimi de Deus (2008), pieza más bien teatral, en la que habla del poder, de la autoridad, objetivada en la pieza en una conversación entre él y Dios, pero inspirada, realmente, en la convivencia con su abuela.

Finalmente, en Alfiletero (2009), realizada en el Museo del Chopo, en Ciudad México, quiso rendirle homenaje a su abuela, uniendo el elemento alfiler, propio del oficio de costurera de ella, y el deseo (nunca cumplido) de ésta de visitar México. Así, ante el público asistente, Francis fue sacando uno a uno alfileres, previamente clavados en su pecho a la altura de su corazón, como saldo de los resquemores de la relación abuela-nieto. ¡Un gesto de perdón y de amor más significativo no habría podido concebir!

Nunca como ahora cobra más sentido la frase «menos es más», aplicada a la obra de Taylor. En ella sólo encontramos lo indispensable. Nada de adornos superfluos, arabescos, ni explicaciones ni concesiones al público. Esto tanto al hacer teatro como al realizar sus piezas de Performance Art.

Eso quedó patente el día del ensayo general del citado evento de Teatro por un tubo, cuando un artista participante en otra de las piezas, emocionado, se acercó a Francis y le dijo que cómo él podía lograr decir tantas cosas con tan pocos recursos y acciones, refiriéndose a lo conciso y contundente de «…aún la nave del olvido…», y además, de una manera tan bella.


Y es que «…aún la nave del olvido…», amén de ser epifanía de una belleza formal que nos invita a su mera contemplación, nos inquieta, nos remueve cosas que quisiéramos quedaran tranquilitas, y nos lleva un poco más allá del consabido me quiere-no me quiere, que pudiéremos tener en una primera lectura. Nos plantea unas pistas que nos hacen seguir pensando en la imagen y buscando otras posibles lecturas de la misma. Se me antoja, de pronto, que toco fondo y que hago intentos desesperados por levantarme.


                                                                                                             Jochi Muñoz
                                                                                                      28 de marzo de 2012
                                                                                           Santo Domingo, Rep. Dominicana

(Texto y fotos: Jochi Muñoz)

http://puntoh.ning.com/profiles/blogs/a-n-la-nave-del-olvido-o-la-po-tica-de-la-contundencia-o-la

http://perrorabiosoblog.wordpress.com/2012/04/07/aun-la-nave-del-olvido-o-la-poetica-de-la-contundencia-o-la-contundencia-de-la-belleza-o-la-belleza-de-la-contundencia/

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ellas (o Nives Cazadora)


(El presente comentario corresponde a la función de Cazadoras del arca perdida, del Teatro Gayumba, presentada el 10 de junio de 2001, en el Auditorio del Palacio de Bellas Artes, dentro de la II Muestra Dominicana de Teatro, organizada por el Colegio Dominicano de Artistas de Teatro [CODEARTE]. El texto fue publicado en: Revista Teatro, año 4, no. 38, Octubre 2001, Santo Domingo; pp. 27-28. Esta publicación, ya desaparecida, era el órgano de difusión del Teatro Nacional de Santo Domingo, Rep. Dominicana.)


Por
Jochi Muñoz


Son precisamente las actrices, más que los actores, quienes en nuestro medio han decidido enfrentarse al auditórium sin más compañía que el personaje o personajes que han de interpretar. ¿Por qué ellas y no ellos? Creo que nunca se ha analizado este asunto, por lo menos de manera rigurosa, y bien valdría la pena que en un futuro se tratara a fondo. Pero lo cierto es que ellas lo han venido haciendo cada vez con mayor asiduidad en los últimos años, ya sea estrenando o reponiendo monólogos o, más precisamente, unipersonales, de la más variopinta autoría y tendencias conceptuales y estáticas en la puesta.

Si hacemos un recuento de las actrices que se han aventurado en tal empresa, recordemos a Carlota Carretero (Quíntuple y Salomé U.), Elviras Taveras (De Lora), Ilka Tanya Payán (Todas tenemos la misma historia), Guadalupe Villegas (Todas tenemos la misma historia), Viena González (Flor de mayo), María Castillo (Emely), Niurka Mota (Desahogo de una viuda), Nives Santana (Momo), Isabel Spencer (¡Allá tú!), Elizabeth Mateo (El último instante y El camerino), Miosotis de Jesús (El camerino) y Mariluz Acosta (Yerbamala).

Recuerdo que fines de 1993 recibí una invitación para el preestreno del –hasta ese entonces– último trabajo de Manuel Chapuseaux para el grupo Gayumba. Se trataba de Ellas, nombre que tomé prestado para titular este escrito. Para su estreno oficial, en 1994, se optó por cambiarle el nombre por el de Cazadoras del arca perdida –sin dudas más atractivo con miras a la taquilla–, con el que se conoce hasta la fecha. Como fiel admirador y seguidor de Gayumba asistí a la puesta con la expectativa al más alto nivel.

Tras ese primer enfrentamiento con el público, la obra ha corrido un sin número de veces en la ciudad de Santo domingo, en el interior, como también en el exterior del país, siendo su última entrega dentro de la II Muestra Dominicana de Teatro, el 10 de junio del año en curso, en el Auditorio de Bellas Artes. Después de haberla visto una vez más en esta ocasión, puedo aseverar con más firme convicción que esta obra es como un buen vino.

Chapuseaux estructuró su trabajo a modo de suite: cuatro piezas cortas interpretadas por una misma actriz, Nives Santana. La primera pieza, En un bohío, tiene dramaturgia del propio director, a partir del cuento homónimo de Juan Bosch; la segunda, Moñitos, es una adaptación de Morritos, de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero; continúa con El nombre, de Griselda Gambado, para finalizar de manera heroica y grandilocuente con la pieza de Néstor Caballero, Cazadoras del arca perdida, que justamente le da el título al espectáculo. Cada pieza tiene vida propia y podría presentarse independientemente. Pero el conjunto de las cuatro, aun siendo diferentes una de las otras, engarza perfectamente conformando un espectáculo con una premisa común: la marginalidad de la mujer y el anhelo de salir de ella. Y el orden de las piezas no pudo ser más apropiado.

¿Qué de particular tiene este trabajo de Gayumba? Nada y todo. En el mismo encontramos a una actriz que representa varios personajes, un mínimo de elementos escenográficos y de utilería, musicalización pertinente, la sempiterna historia de personas desposeídas y marginadas…, es decir, que nos enfrentamos a una puesta en donde se recurre a los habituales recursos brechtianos del grupo, pero, y aquí viene el TODO, matizados de una cierta forma que nos arroba y nos hace percibir cada cosa como nueva. Y cada cosa se impregna con la magia de la actriz.

Sabemos lo difícil y demandante del monólogo, ya que por más vuelta que se le dé al montaje, en definitiva, el peso de éste recae sobre el intérprete. Y Nives Santana sabe transitar por los meandros de estos cuatro monólogos, interpretando con precisión quirúrgica, por así decirlo, a las sendas protagonistas como a los demás personajes involucrados en la trama. La actriz logra la total complicidad con el auditórium para, mediante un ligero cambio en el acento, o una mínima modificación con una pieza del vestuario, o un cambio de expresión…, hacer que el público crea en la verdad del juego del cambio de personajes dentro de cada pieza. Valga resaltar su trabajo vocal y su excelente dicción.

El director sometió a la actriz a un verdadero tour de force dados los requerimientos histriónicos exigidos por cada pieza. Y aquí volvemos a referirnos a la estructura del espectáculo. Así, en la primera pieza, En un bohío, tenemos a la actriz ya narrando la historia, ya interpretando a la madre, ya interpretando a los hijos, ya interpretando al viajero. Moñitos, la segunda, nos viene como una brisa fresca que nos trae, conjuntamente con los aires de bachata, el deseo de todas las moñitos de salir del estrecho medio en que están confinadas, recurriendo al escape que le ofrece la fabulación. En ciertos momentos de esta pieza, echamos de menos la contención mostrada por la actriz en ocasiones anteriores, ya que en la función que comentamos se desbordó más de lo que a nuestro entender era pertinente.

La puesta del siguiente monólogo, El nombre, contrasta totalmente con el anterior, tanto por el carácter del mismo, y, en consecuencia, por los elementos externos de la puesta (vestuario, maquillaje, iluminación…) Un cuadro verdaderamente poético. De todos, éste toca sensiblemente al espectador, lo conecta emotivamente con el personaje –una doméstica que lucha por mantener su identidad, ya que las señoras le cambian siempre el nombre–. A nuestro juicio ésta es la pieza en la que la actriz hace gala de un mayor comedimiento y control, logrando, por ende, la sutileza y poesía requeridas.

Finalmente, arribamos al cuarto, Cazadoras…, cuya primera imagen, la silueta de la actriz con sombrero y látigo en mano, en franca alusión a una pose del protagonista del film homónimo de Steven Spilberg, rompe con la conexión emotiva creada en el monólogo anterior y da la tónica de este último. Una mujer lucha por salir del fango junto a sus hijos, con una actitud heroica y de firmeza a toda prueba. De lectura francamente abierta, permite al espectador, además de admirarse con el trabajo corporal y vocal de la actriz, reflexionar sobre las múltiples interpretaciones que le podría dar a la pieza. Concluye el mismo con la pose inicial aludida, para recalcar aún más el distanciamiento.
Sin dudas que el binomio Chapuseaux-Santana logró con este trabajo, al igual que lo hizo con Don Quijote y Sancho Panza, crear otra pieza clave dentro del teatro no sólo dominicano, sino latinoamericano. Las horas de estudio e investigación de estos dos jóvenes artistas dominicanos se vieron recompensadas con la buena cacería de aplausos obtenida la noche del pasado 10 de junio, cuando la audiencia en pleno los aclamó tras la puesta. ¡Enhorabuena!